
Emiliano Pérez.
Fuimos a ver la exposición en la primera clase de apreciación de la escultura. Es en la Galería Metropolitana de la UAM, cerca de la Cibeles. Es una exposición más bien pequeña. Te recibe un primer espacio lleno de esculturas de formato chico bastante variadas. Al fondo, hay otro espacio con obras de mayor formato, y algunos bordados y textiles. Entre los dos espacios, hay otro que tiene una escultura más y muebles-vitrina con documentos, cartas, pósters, etc. Al final, regresas por donde entraste, pero antes de salir, giras a la derecha para encontrarte con tres bancas-esculturas donde te puedes sentar.
El subtítulo de la exposición es: Arte, escritura y feminismos y la exposición se apega a este sueltamente. Lo digo porque las categorías que este presenta son amplias y parecen más palabras generales que pretenden abrazar toda la obra y documentos que los organizadores tenían a su disposición que un verdadero intento de presentar un tema o hilo de pensamiento. En realidad, creo que lo que hace Leonora con las esculturas expuestas y con su obra en general es hacer preguntas.
En la parte de cartas y documentos, hay una frase puesta en la pared:
“Hace cincuenta y tres años nací como un ser humano femenino. Eso, me dijeron, significaba que era una mujer. Pero nunca supe qué querían decir con eso. Enamórate de un hombre y lo entenderás… me enamoré (varias veces), pero nunca lo averigüé. Da a luz, y lo entenderás… tuve hijos, pero nunca lo averigüé.”
Esta frase de Leonora ejemplifica, creo yo, una de estas preguntas que tenía Leonora y que pone en la mesa con su obra. ¿Qué es ser mujer? Se pregunta esto con esculturas de criaturas que tienen las características supuestamente universales de las mujeres, criaturas con espacios que recuerdan a vientres donde un niño pequeño se podría meter. Estas criaturas parecen nutrir y cuidar, sientes que te abrazarían si te caes, que te sostendrían. Pero también están cargadas de misticismo y magia; son misteriosas. Sus máscaras te hacen saber que nunca las conocerás realmente y que esconden algo.
Me parece que estas esculturas, de más de dos metros, son una manera de materializar la idea de la mujer moderna en la cultura occidental. Como seres que deben cuidar, pero que también son peligrosos y raros. Leonora cuestiona con ellas si realmente son estas cosas lo que es ser mujer, o si son solo ideas que pueden moldearse y acomodarse diferente en otros lugares y tiempos.
Pero la obra escultórica tiene más preguntas que hacer. Siguiendo la línea de las cosas que nutren, pero son peligrosas, misteriosas y mágicas, surge en la obra un cuestionamiento sobre la relación humana con la naturaleza. Una de las esculturas más pequeñas es un animal fantástico que carga a su espalda un castillo antropomorfo; la cara barbona termina en las torres y estas se convierten en una corona. El rey sostenido por la naturaleza. Sin el trabajo de este animal que parece uno de carga o de ganado, la civilización no podría vencer.
Esto mismo pasa cuando los visitantes se sientan en las bancas al final de la exposición: un cocodrilo o un gato. El humano se sienta sobre el animal y lo domina. Aquí, Leonora nos hace cuestionarnos nuestra relación con nuestro entorno natural de una manera directa y personal. Además, las obras también nos muestran esta naturaleza misteriosa y llena de magia, enmascarada y peligrosa, pero también sustentando al ser humano.
Con estas preguntas, Leonora forma un hilo entre cómo la cultura entiende a la mujer y cómo entiende a la tierra misma, aquella a quien también hemos llamado madre, y nos pregunta si los deberes que les hemos impuesto y las ideas que nos hemos hecho sobre ellas son realmente inmovibles, o si podemos cambiarlas. Si podemos quitarles las máscaras a nuestras concepciones o si, en el intento, se derrumbarían completamente.

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